La propuesta de Luisa María Cuculiza sobre el regreso del Servicio Militar Obligatorio (SMO) y el debate formado en los días subsiguientes nos hace recordar que frente a la demandas de la población en materia de seguridad el discurso de la mano dura siempre es el más efectista pero no el apropiado.
Las pandillas: mitos del pandillaje
Cuando la población se refiere a las pandillas, las señala como delincuentes, vagos, lacras sociales que deberían ser excluidos y reformados a través de medidas drásticas para terminar con ellas. Si bien es comprensible el malestar, también nos hace pensar de la incapacidad de la población de no ponerse “en los zapatos del otro” así como de reflexionar el porqué de sus prácticas, por ello, aporto con algunas ideas que no siempre son tomadas en cuenta antes de hablar del tema.
A esto se le suma el conjunto de prácticas machistas que son replicadas entre los jóvenes varones, que en muchos casos, son reproducciones del maltrato e indiferencia de sus padres, lo que termina convirtiéndose en un ciclo que (re)produce la violencia familiar ante la falta de afecto. ¿Será acaso casual que la mayoría de pandillas estén compuestas por varones?[1]
Esta primera reflexión nos lleva a pensar si es que el SMO sería una medida que atendería el problema de violencia estructural y familiar o por el contrario agravaría el problema.
Instrumentalizando a los jóvenes pandilleros
Sin embargo, aunque los medios de comunicación, la opinión pública y los políticos condenan las prácticas violentas de las pandillas, pareciese como si hubiera una doble moral sobre sus prácticas en beneficio de terceros. Por ejemplo, los medios de comunicación usan a las pandillas para hacer notas de prensa, en la que los policiales estereotipan y refuerzan la identidad de las pandillas como sanguinarias y subversivas.
Por otro lado, muchos de estos jóvenes son utilizados por los políticos y la sociedad en general para los desalojos y las campañas electorales. Esto se debe a que tanto la sociedad en general como el Estado consideran a la niñez y la juventud como el “futuro” del país, lo que limita la participación de los mismos en el mundo trabajo y la política.
Prueba de ello, se puede observar que en la política, la juventud es usada como relleno de listas partidarias o –en las políticas públicas- como “población vulnerable”. Para el caso de las pandillas solo son vistas como un tema inseguridad, sin siquiera incorporar soluciones que partan de la misma percepción de los pandilleros. ¿Alguien les ha consultado el porqué de su comportamiento? ¿Qué les faltaría para dejar la pandilla? Sin duda no.
Las propuestas efectistas: ¿interés real o electoral?
No es necesario hacer un diagnóstico sobre las soluciones que la población plantea para las pandillas, estas se muestran en enunciados como: "hay que matarlos por son lacra social", "mano dura para desaparecerlas" o "que vayan a la cárcel".
De esta última, uno puede notar que su solución se encuentra “entre muros”, es decir la exclusión y la “invisibilización”. Por ello, muchas de las soluciones que se le dan a los jóvenes pandilleros en Lima es la de enviarlos a “Maranguita”, a un centro de rehabilitación o la novedosa (¿?) propuesta de enviarlos a hacer el Servicio Militar Obligatorio, es decir, encuartelarlos. ¿Será ésta una medida que dará solución a nuestro reclamo de seguridad?
El Servicio Militar Obligatorio es una medida improvisada, nada innovadora y demuestra incapacidad para resolver problemas públicos, lo cierto es que existen otros intereses de por medio, el generar una corriente de opinión que va en la misma lógica de la pena de muerte, o de la mano dura contra la delincuencia. No por ello digo que las pandillas sean buenas y no generen violencia, sino que la propuesta no es viable y es usada solo para conseguir una gran cantidad de votos, alejándonos del verdadero interés real por resolver y debatir el problema.
Pregunto: Si un tercio de la población peruana es joven, ¿De dónde sacarán dinero para soportar los gastos de cada joven?
Políticas necesarias
Como bien hemos señalado el problema del pandillaje es complejo, por ello las medidas para atenderlo deben ser igual de complejas y para ello, se necesita una mejor inversión en la participación política de los jóvenes (tema del que nadie habla) y que ayudaría a contar con mejores estrategias y buscar soluciones de manera concertada.
Contar con capacitación técnico laboral para brindar mejores oportunidades de empleo juvenil y en el desarrollo de microempresas juveniles. Sin oportunidades los jóvenes no podrán obtener independencia ni desarrollar capacidades para su madurez. El SMO busca mantener momentáneamente “tranquilos” a los jóvenes y no les permite salir de la pobreza.
Una solución el sector defensa no solo es efectista, sino también inviable, las políticas públicas debe ser integrales, y deben vincular varios sectores y presupuestos (educación, salud, seguridad, defensa, etc.) de modo que la propuesta pueda tener sostenibilidad.
Una política en programas de prevención educativa es imprescindible, esto permitirá que la inversión no se pierda, sino que retorne. Además, los programas de prevención deben atender la salud física y mental de los jóvenes en riesgo.
Es necesario crear nuevos espacios públicos para jóvenes, no basta con construir canchas, ni ligas deportivas, el deporte es un buen pasatiempo, pero no una actividad permanente.
Finalmente, se debe reformar el sistema penal juvenil, porque no educa y (al igual que la cárcel) genera la “profesionalización” de la delincuencia.
